Soy una solterona

El día que cumplí 21 años mi abuela me dijo “Yo a tu edad ya estaba casada y con dos niñas”. Pero no lo dijo con tono de reproche o critica, al contrario, es la única cuyo comentario demostraba un tono de cariño, de admiración hacia el progreso. De la forma en que me lo dijo, de la forma en que se quedó mirándome con una ligera sonrisa nostálgica, supe que esa frase significaba que se alegraba de que yo no haya tenido su vida. No porque no quiera a su familia, aunque de sobra sabemos que le hubiese encantando tener acceso a métodos anticonceptivos, si no porque yo he tenido los medios para elegir una vida que ella no tuvo opción. He podido estudiar, aunque ella fue de las pocas afortunadas que pudo estudiar hasta los 14 años; puedo elegir si estar o no con un hombre, incluso con una mujer;  no estoy supeditada al control de mi padre, de mi suegro, de mi marido; tengo medios para controlar la natalidad, puedo incluso vivir sola. Mi abuela, la vieja “atrasada”, es la única mujer que ve en mi vida, el regalo maravilloso y por desgracia todavía exclusivo, de la libertad. La libertad de vivir a otro ritmo, de disfrutar de tantas cosas como me sea posible y de elegir, y remarco: elegir formar mi propia familia como desee.